Por el Dr. Héctor Ulises Napolitano

 

Leyendo un artículo de un diario, precisamente éste, por demás sorprendido y casi azorado me enteré que la Organización Mundial de la salud, organismo dependiente de la Organización de Naciones Unidas, pretende o al menos dio a conocer su intención de considerar a la vejez como una enfermedad.

Por supuesto que la nota incluía críticas de organismos defensores de los Derechos Humanos, que consideran una barbaridad esta calificación, que no tiene calificativo, pues la vejez es una etapa biológica de la vida al igual que la infancia, la niñez, la adolescencia, la juventud y la adultez.

No solo que es agraviante para quienes transitan por dicha etapa, por aquello del refrán “viejos son los trapos”, sino porque es contrario a la naturaleza y a la realidad que de ella surge pensar que una persona anciana por el hecho de serla es enferma.

A nadie escapa que la ancianidad es el ciclo de la vida que está más expuesto a contraer enfermedades y por lo tanto de mayores cuidados en cuanto a la salud, pero de allí a considerarlo como un estado de carácter patológico, es llevar a un extremo prácticamente lapidario, tanto el análisis del mismo como la conclusión final a sacar de tal descabellada conjetura.

Ni hablar de la tremenda y reprobable discriminación que ello implica de parte de un organismo de la ONU, que promueve no discriminar por ninguna causa, como principio esencial de los Derechos Humanos, cuyo respeto y cumplimiento exige a los Estados que la integran, lo que constituye un contrasentido disparatado y absurdo.

Por enfermedad se entiende a groso modo a toda alteración más o menos grave de la salud. La vejez o ancianidad es una etapa de la vida donde tales alteraciones a la salud están presentes en mayor grado o se está más expuestas a ellas, pero no es exclusivo de esa edad, pues también la infancia y la niñez tienen un alto grado de exposición a muchísimas enfermedades, algunas veces congénitas y otras adquiridas, incluso por contagios. Ejemplos, el sarampión, la tos convulsa, la bronquiolitis, y la poliomielitis que antes de la llegada de las vacunas que la previnieron inmunológicamente, fue un flagelo casi pandémico que atacaba preferentemente a los niños.

Es decir que la ancianidad como la niñez son edades de mayor vulnerabilidad del organismo a las enfermedades, pero no por ello se puede decir por ejemplo que la niñez es una enfermedad, aunque no me sorprendería para nada, pues se ha legalizado el aborto, por el cual en contra del derecho a la vida, se autoriza a matar a una persona que lo es desde su concepción en el seno materno, tal como así lo establece nuestra legislación civil y los tratados sobre Derechos Humanos.

El desprecio a la vida y a la salud de los más débiles pareciera ser la tendencia actual de un mundo que atraviesa una profunda crisis de valores, ya rayana al desquiciamiento moral y alienante.

Lo patológico no es para nada la vejez o la ancianidad, sino pensar en que ella es una enfermedad.

Corroborando lo expuesto, si en materia de salud se inculca el principio que es mejor prevenir que curar, y si para la OMS la vejez es una enfermedad, la pregunta es ¿cómo prevenirla o evitarla si ella es una etapa de la vida que deviene necesariamente y por lo tanto es inevitable?. La respuesta da lugar a otra pregunta ¿no querrán que los ancianos se suiciden?, pues ello sería la única forma de evitarla.

Flaco favor hace la OMS al considerar a la vejez como enfermedad, respecto a la salud mental de quienes sufren trastornos psíquicos por tenerle miedo o transitar por ella con profunda angustia y depresión por sentirse viejos, discriminados y abandonados por sus familiares o el Estado.

De hecho, hay varios ancianos que se suicidan o se dejan morir por tales causas, y quienes sin hacerlo se sienten impotentes y no bien recompensados por las magras jubilaciones y pensiones que reciben, y la desprotección del Estado en materia médico asistencial y sanitaria. Incluso siendo en muchos casos maltratados moralmente y con violencia física en asilos y geriátricos.

Otra muestra de la poca importancia que se le da a la vejez, es que muy contados médicos deciden especializarse en gerontología.

Que los adolescentes discriminan a los ancianos, es una cosa que no se justifica, pero se lo ve como un defecto de quienes adolecen de conciencia aún no formada y madura. Pero que sea el que lo hace un organismo internacional como la OMS es por demás grave y preocupante, en especial para el futuro.

“La mayoría no tiene para comer ni para remedios, porque sus familias los olvida y el Estado no los protege, y todavía la OMS los pretende calificar de enfermos. ¡Ingrato y duro castigo el de ser viejo!”.

“En la antigüedad fueron tratados como sabios, hoy son olvidados en asilos y geriátricos”.

Cabe aclarar, que se los discrimina y relega en las sociedades occidentales, porque en las orientales por su apego y culto a lo ancestral se los respeta.

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