carta lectores-24-10-2014

 

Por Dr. Héctor Ulises Napolitano

 

Si analizamos con cierta profundidad la palabra libertad, vamos a llegar a la conclusión de que no existe como facultad natural, por el hecho de no existir lo que se llama como ”libre albedrío” que es hacer o no hacer algo al absoluto arbitrio y entera voluntad de cada uno, pues la libertad que decimos tener y gozar no es más que un espacio residual que nos permite la sociedad ejercer cuando la ley no ordena ni prohíbe alguna cosa y con la condición de que cumplamos las reglas morales y las buenas costumbres que nos impone ella. Es decir que nuestra libertad es un campo reducido en relación al que ocupa el deber, de allí que vivimos en una sociedad  que condiciona nuestra libertad. El imperio de la ley está por encima de nuestra libertad, pues nos obliga a ser obedientes a ella y nos ordena como actuar y de no hacerlo así nos aplica una sanción, que en algunos casos consiste en privarnos de nuestra libertad, como en el caso de arrestos, detenciones y prisión. Es decir que la determina en qué casos podemos actuar con libertad o no y en cuáles nos priva de la libertad por no obedecerla. De allí que alguien dijo que “para ser libres debemos ser esclavos de la ley”, porque no hay otra opción.

En tal sentido, desde nuestra infancia y niñez  no se nos educa para ser libres, sino que se nos domestica a cumplir con reglas que tienden más a la prohibición que a la permisión para que nos adoptemos al medio social, siguiendo el pensamiento de la mayoría para ser “normales” (palabra que expresa vulgaridad, llanía y mediocridad) y no el propio (que implica ser diferente, distinto, extraño). De allí que se critique las actitudes de rebeldía que aparecen en la adolescencia y la juventud, como reacción de desagrado ante las limitaciones que se quieren imponer en contra de la voluntad y los deseos.

Esa rebeldía es mal vista y conceptuada por los mayores que no admiten que el joven quiera romper con tradiciones, tabúes y modos de vida ya establecidos y arraigados. Es lo que se llama “conflicto generacional”.

Motivo por el cual en toda época la libertad ha avanzado con la idea de cambio contra la concepción tradicional y conservadora de inmutabilidad, que se manifiesta en el miedo al cambio. Lo conveniente o no también es impuesto en expresiones como ¡te conviene hacer tal cosa!, o ¡es conveniente no hacer tal otra!. Son pocos los que en lugar de esas condiciones sugieren ¡hacé lo que te gusta!, o ¡no lo hagas si va contra tu voluntad!. En los primeros prima el interés a los propios deseos y en los segundos lo contrario.

La sociedad al regirse por reglas estandarizadas (tradiciones, usos, costumbres, rituales, creencias, etc.), impone obediencia  a las mismas, es decir adaptación que no es otra cosa que conformismo y resignación. Hay quienes las aceptan y cumplen y otros no. Sin ir al caso de la marginalidad( delincuencia, prostitución, sectas religiosas satánicas, etc.) y yendo a los casos de comunidades o colonias que viven dentro de la sociedad pero apartadas de sus reglas convencionales como por ejemplo los Menonitas, que años atrás fueron considerados en la Argentina como ”peligroso “por vivir con reglas propias en materia de culto, educación, trabajo y modo de vida, cuando en realidad no ofenden el orden legal, la moral y las buenas costumbres ni perjudican a terceros. Aquí el problema no pasa por ser peligroso, que es una calificación arbitraria que se usa como pretexto para justificar lo que se quiere combatir y excluir, sino en no aceptar ni admitir lo que es distinto al modo de vida que una sociedad toma e inculca como paradigma y que observa la mayoría, constituyendo una actitud de intolerancia frente al respeto que como valor merece la libertad.

Lo mismo ocurrió en las décadas del 60 y 70 con las comunidades hippies y hoy en la Argentina con algunas aborígenes como un sector de los Mapuches que son tildados de “terroristas” porque se rebelan contra el saqueo de las tierras que les pertenecen no sólo por herencia ancestral e histórica sino por mandato de la propia Constitución Nacional.

Los más menoscabados en su libertad han sido y en muchos casos siguen  siéndolos: la raza negra, las mujeres, los niños y también los presos políticos y prisiones de guerra, e incluso científicos, filósofos, artistas. La libertad es el derecho cuya lucha por su conquista más víctimas ha registrado en la historia de la humanidad, pero también buena parte de héroes.

En conclusión, la libertad es comparable al saldo de un recibo de sueldo donde primero están los descuentos que son las obligaciones a pagar y después la suma disponible para utilizar a nuestra voluntad.

La libertad es menos que la vida pero más que el dinero entre los bienes que el hombre prefiere, porque sufre cuando la pierde, confiesa hasta lo peor, se arrepiente  y por ella mata o muere.

Resulta saludable ejercerla plenamente pero en forma responsable haciendo lo que a uno le place sin perjudicar a nadie y más con un  propio y singular modo de pensar que supere a la mediocridad.

 

 

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