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Por Ramiro Gutiérrez

Alguien ha cometido un crimen y otros lo buscan, una repetición conocida en la historia de la humanidad. La Justicia, una dama necesaria pero esquiva, ha sido convocada, sin embargo, sus artes no siempre disipan el temido fantasma de la impunidad.

El viejo criminólogo italiano Alfredo Nicéforo, mezclando determinismo y fatalismo, solía reflexionar: “El delito no muere, se transforma, pasando de ambiente a ambiente, de civilización a civilización […], el delito ha acompañado a la humanidad, como la sombra sigue al cuerpo”.

Si el delito no muere, entonces será necesario mejorar todas las capacidades investigativas para hallar al culpable y responsabilizarlo por su crimen.

El triángulo víctima, victimario e investigador ha desarrollado una relación que podríamos llamar “material”. Nuestras fuerzas de seguridad y nuestros fiscales llevan años de experiencia en buscar los rastros materiales del delito (manchas hemáticas, rastros de semen, pelos, fibras, pólvora, etcétera), la pregunta es: ¿qué sucede con las llamadas “huellas psicológicas” del crimen?

El crecimiento de las ciencias, disciplinas y protocolos destinados a reconocer, recoger, evaluar e interpretar los rastros materiales, no ha tenido correspondencia con la captación de las improntas o patrones conductuales (huellas psicológicas), también presentes en la escena de crimen, su antes y su después.

Según Edmond Locard es imposible que un criminal actúe, especialmente en la tensión de la acción criminal, sin dejar rastros de su presencia.

Comentando el principio de intercambio de Locard, Vicente Garrido dice “que cualquier persona o cosa que entre en una escena del crimen deja algo en ella, y también se lleva algo cuando sale”.

Para los perfiladores criminales lo que deja son sus decisiones, sus actos, su firma, un “significado” de lo que ha querido decir con el crimen y que debemos desentrañar, esto es, huellas de comportamiento o huellas psicológicas del delito.

El campo de acción del profiling es amplio, desde asesorar a un juez o fiscal sobre “los trofeos” que el delincuente puede haberse llevado de la escena del crimen, hasta conocer rasgos de su personalidad “leyendo” los daños generados en el cuerpo o en psiquis de la víctima.

Por ejemplo, en la violación, que es llamada el “delito de las sombras” por su dificultad probatoria, la perfilación podría ser de gran utilidad. Los abusadores, han tenido muchas chances de escapar a las mallas judiciales, muchas veces por el temor colaborativo y la vergüenza que por años ha invadido a las víctimas.

El victimario muchas veces selecciona y acecha por años a su “presa”, atacándola en una “zona de confort” que minimiza los riesgos de ser descubierto; en otras puede ser “errante”, las ataca en lugares muy distantes a su “zona de anclaje” (morada o zona habitual).

Estas formas que le merecen el nombre de “hunter” (cazador), por su forma de selección y ataque, son materia de estudio e interpretación por parte del profiling criminal.

El maridaje víctima victimario deja huellas bien definidas para el ojo del experto. Una autopsia psicológica no sólo puede traer luz a una muerte de etiología dudosa, sino descubrir “rasgos” esenciales de la morfología, patrones o psique del matador.

En su faz práctica el perfilado como rubro de la llamada “criminología aplicada al campo” ayuda a trabajar al menos tres problemas muy actuales, la altísima tasa de autores ignorados, los cold cases (investigaciones frías) y el bajo índice de condenas por causa iniciada.

Siempre me ha gustado pensar la Criminología como una ciencia de los cinco sentidos, donde sus conocimientos deben paladearse antes de ser asimilados o relacionados. En el otro extremo de la línea y en estas horas, seguramente un criminal también saborea recuerdos de su último hecho, sin saber que esa huella será, a la postre, la que ha de condenarlo.

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