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Charlamos con el dolorense radicado en Buenos Aires, para conocer de su rica experiencia, cómo es su trabajo, que libros tradujo, cuáles les gustaría traducir, y también sobre sus poesías y libros que ha publicado.  

El dolorense Pablo Inberg vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se recibió de contador y mientras trabajaba en el rubro comenzó la carrera de Letras en la UBA. La completó con el mejor promedio. Allí el griego y el latín lo conquistaron. Ha traducido más de 90 libros del griego antiguo, latín, inglés e italiano. Publicó poesías, una novela, una obra de teatro que se estrenó en 1984, y un libro de poemas infantiles a mediados del año pasado.

Para conocer de su vida y trayectoria se lo preguntamos. Pablo decía: “fue un proceso, cosas que se van dando. A los veintipico empecé a traducir algunos poemas como ejercicio de escritor. Mis abuelos, cuando querían mantener una conversación privada, solían hablar en ídish. Eso de estar escuchando algo que hablan delante tuyo y no pescár que decían debe haber tenido que ver. Y siempre me gustó viajar, tratar de conectarme y conocer lugares y gente, la vida desde adentro. Si me ofrecés ir a cualquier lugar dos semanas a un hotel cinco estrellas, o a la casa de alguien con quien me sienta a gusto y pueda vivirlo desde adentro, yo prefiero lo segundo.

 

- ¿Es una metáfora de la traducción esa preferencia?

Traducir es meterse y conocer por dentro otros libros, lenguas, costumbres. Otro momento inicial de aprendizaje fue en la Escuela Normal de Dolores, donde nos enseñaron un poquito de inglés, muy elemental. Después tuve cinco años de francés en el Colegio Nacional. Pero viajando me encontré en un lugar donde necesitaba hacerme entender y comencé a hablar la lengua. Ahora, saber lenguas como para traducir, no sabía. Me había enganchado con “La tierra baldía” de T. S. Elliot, poema fundamental del siglo XX, muy extraño, críptico, lleno de citas en otras lenguas. Lo leí en una edición bilingüe y no me gustaba la traducción. Intentaba hacer mi traducción pero mis conocimientos de inglés en aquel momento eran muy pobres. Hacía algún ejercicio de ese tipo.

 

- ¿Cuándo se decidiò por la carrera de Letras?

Me recibí de contador a los 22 y trabajabé de eso años. Cuando vi cómo era el trabajo, me dije que no quería dedicar mi vida a eso. En esa época empecé a escribir poemas, hacer teatro, danzas clásicas, contemporáneas. Me dije que con ninguna de esas cosas iba a vivir. Mientras tanto me recibí, junté plata hasta que me pude retirar con una inversión por un tiempo. Comencé la carrera de Letras, todavía trabajando en el Banco Central. Trabajé ocho años allí.

 

- ¿Por qué Letras?

No iba con la idea de hacer la carrera de Letras. Me pasó como persona joven dedicada a la literatura o que le guste leer. Leés un autor argentino de hace cincuenta años, mañana un autor inglés de hace 150 años, pasado mañana un autor francés del siglo XVIII, después un autor griego del siglo V a.C., mañana un autor uruguayo que salió hoy… Hay una especie de caos. Tenía una formación muy desordenada. Era lector de pibe, porque en casa de mis padres y de mis abuelos había libros y leía de todo un poco, pero empecé a leer en serio desde que empecé a escribir. Sentía que había empezado a leer un poco tarde, que los colegas lectores de mi edad habían leído mucho más que yo. Tenía que poner algún orden. Me pregunté: ¿dónde empezó todo? En Grecia y en Roma. Me propuse entonces estudiar un cuatrimestre de griego y uno de latín para tener una idea. Me enamoré de ambas lenguas, los hice todos, y ya que estaba seguí la carrera y me recibí.

 

- ¿Cómo le resultó adentrarse en el griego?

Aprender griego y empezar a traducirlo me abrió la cabeza. Es un idioma con una construcción muy distinta. En el griego por ejemplo, existe un participio presente muy dúctil, que se usa muchísimo. En castellano, a través del latín, quedó fosilizado en algunos casos (“estudiante” es el que estudia, “cantante” es el que canta, etc.), que para nosotros ya no funcionan como participios presentes sino como adjetivos. En griego además existían participios presente, pasado, futuro; hay toda una serie de construcciones muy sofisticadas con eso, y cuando vas a traducirlas al castellano no podés. De pronto entendés que hay una organización y concepción del mundo en esa lengua, y que la nuestra es distinta. Es muy interesante ver como yo puedo de alguna manera transmitir la visión del mundo que subyace a esa otra lengua.

 

- Es un desafío que implica tenacidad.

Sí. Hay una estrofa de un poema de Safo, que fue otro momento muy importante en mi aprendizaje. Hice cinco niveles de griego; tenía una profesora en Griego IV, V y de un seminario, Elena Huber, además de ser una extraordinaria académica, era poeta, y eso hacía una diferencia muy grande, tenía una visión académico-poética. Ella nos hizo ver esa estrofa del poema de Safo que tiene una construcción impresionante, un solo verbo conjugado en el medio que sirve para varias frases alrededor, es como un sol. A esa estrofa la uso siempre como ejemplo y debo tener cuatro o cinco versiones sucesivas, porque se publicó en un libro en 1997; después lo reescribí en un libro publicado hace un par de años, y después todavía hice una versión mas que publiqué en una nota en una revista de traducción que publica online el Instituto Cervantes, de España, allí puse una traducción distinta de esa estrofa de cuatro versos. Uno le va dando vueltas siempre tratando de encontrar la mejor recreación posible de esa estrofa en castellano.

 

- ¿Cómo se contactó con Editorial Losada?

Estaba tratando de vender la traducción de Safo que le había dado a Daniel Calabrese, dolorense radicado en Chile, para publicar allá, y un amigo, Roberto Raschella, grandísimo escritor y traductor del italiano, me contactó con Editorial Losada. Ofrecí algunas traducciones y a cambio me preguntaron si quería traducir Edipo rey y Antígona, de Sófocles, y terminé haciéndolas. Después me explicaron que tenían algunas obras de Shakespeare traducidas por escritores, varias traducidas por la poeta uruguaya Idea Vilariño, Romeo y Julieta traducido por Neruda, y algunas cosas más. Querían hacer Shakespeare traducido por escritores, ofrecí hacer “La tempestad” y aceptaron. Fui un par de meses a Canadá con una beca para escritura, y por un contacto de una amiga me llamaron para traducir una comedia musical, fue un ejercicio muy interesante. Y después me volvieron a llamar de Editorial Losada para seguir traduciendo Shakespeare.

 

- ¿Cómo traductor gana lo suficiente?

Mucho menos que de contador, pero como contador vivía angustiado. La traducción es un trabajo bastante mal pagado pero hermoso, lo hago en mi casa, con mis horarios. Me levanto, pongo los pies en el piso y ya estoy en mi trabajo, a veces desde la cama estoy pensando en la traducción. En esa época también hice periodismo cultural, escribía reseñas, notas para diarios, pero no era lo que más me gustaba. Me fui quedando con la traducción, aunque doy cursos de traducción, escribo cosas relacionadas con la literatura para alguna revista. Ahora la traducción está más difícil porque cayeron la venta y producción de libros un 25%, según un informe de la Cámara Argentina del Libro. Por primera vez en 20 años estoy teniendo problemas para conseguir trabajo.

 

- ¿Es caro publicar hoy en Argentina?

Hoy sale más barato producir un libro en España, importarlo, que producirlo acá. Allá hay una industria gráfica mucho más desarrollada y poderosa que acá, con lo cual el libro es de mejor calidad y más barato. Ha sido un problema histórico argentino el de la industria editorial. En el momento en el que yo empecé a dedicarme a la traducción, después de la crisis de 2001, vino la devaluación y Argentina fue un país rentable para producir libros, una época de oro para la industria editorial hasta 2008. Ahí empezó el estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos que pasó a España. En España cayó entonces la producción editorial más de un 30% y hasta el día de hoy no se ha recuperado.

 

- ¿Cómo sería un mundo sin traducciones?

Imaginate como sería el mundo si la Biblia no se hubiera traducido. La Biblia sería algo que podrían leer únicamente los que saben arameo y hebreo antiguo para leer el Antiguo Testamento, y griego antiguo para leer el Nuevo Testamento. La religión de la Biblia sería una secta mínima que leería ese libro. Imaginá el mundo sin Shakespeare. Todo el mundo aunque jamás lo haya leído tiene alguna idea de Romeo y Julieta, de qué es Hamlet. “Ser o no ser”  es una frase que conoce gente que ni sabe quién es Shakespeare. Algo interesante que ha cobrado visibilidad en este último tiempo es notar que la función del traductor no es solo la de transmisor.

 

- ¿Cómo se resuelve en una traducción literaria?

Hay mil actitudes posibles de traducción ante un juego de palabras. Hay quienes hacen una especie de traducción literal y en una nota te cuentan cómo era ese juego de palabras en el original. Hay quienes, como yo, tratamos de inventar un juego de palabras. Eso depende de cada traductor. Sugiero a quienes tengan curiosidad y ganas, de algún libro que les interese y esté escrito originalmente en otro idioma, que se tome el trabajo de agarrar dos traducciones y leerlas comparando. Se van a dar cuenta de que cada persona traduce diferente por millones de cuestiones.

 

- Uno carga con su lengua natal y sus particularidades.

Uno de alguna manera está marcado por la lengua del lugar de donde viene, donde vivió, por sus lecturas, sus ideas. Cuando voy a traducir a Shakespeare, que escribió hace 400 años, ¿trato de que suene como les sonaba a sus contemporáneos, es decir como algo escrito ahora; o trato de que suene como en la época del Quijote, que es contemporáneo de Shakespeare? Hay tantas variantes y decisiones que tenés que tomar todo el tiempo al traducir, que si te tomás el trabajo de agarrar dos traducciones distintas de un mismo libro, vas a darte cuenta de que creías que estabas leyendo Shakespeare, y en realidad estabas leyendo Shakespeare/Ingberg, o Shakespeare/Idea Vilariño por ejemplo. Hay una mano del traductor muy fuerte, mucho más de lo que la gente cree. Se toman muchísimas decisiones de ese tipo, algunas sin darte cuenta.

 

- ¿Le interesa traducir el Ulises de Joyce?

Es el libro que más me gustaría traducir en el mundo. Traduje varios de Joyce. El problema con el Ulises es que su tamaño y complejidad requiere un trabajo full time de dos años mínimo. ¿Cuánto vale el sueldo de una persona que se dedica solo a eso?. Para traducir esa obra se necesita una capacitación impresionante, y lo que vas a cobrar es muy poco. Es económicamente inviable. Yo no vivo de otra cosa, no podría dedicarle dos años exclusivamente porque no tendría de qué vivir en ese tiempo, y ninguna editorial podría pagármelo.

 

- ¿Se publicará alguna de sus traducciones de Joyce este año?

Sí, espero que salga publicada mi traducción de la Poesía completa de Joyce. Lo hice porque la Fundación Joyce de Zúrich me otorgó una beca para viajar a Suiza, donde reuní un montón de material. El Fondo Nacional de las Artes me dio una beca para hacer el trabajo. Gracias a todo eso pude hacer ese libro, que por el trabajo que lleva ninguna editorial podría pagarlo.

 

- ¿Qué libros traducidos por usted recomendaría?

Una obra de teatro breve, Marx en el Soho, que traduje para Editorial El Cuenco de Plata. El autor es un historiador marxista estadounidense que murió hace pocos años, Howard Zinn. Marx regresa del más allá o de donde esté, cansado de oír decir frases como “Marx ha muerto” y malentendidos a partir de su obra. Pide permiso para venir a la tierra conversar con la gente, al Soho de Londres donde él vivía cuando era un barrio miserable; pero por una especie de error burocrático lo mandan al Soho de Nueva York. Es muy divertida e interesante, a partir de frases como “yo no soy marxista, soy Marx”, o del personaje tratando de explicar que lo que la gente dice de él nada tiene que ver con él, “¿cómo un estado totalitario, que ejecuta gente, va a decir que está hecho en nombre de mis ideas?”. Al mismo tiempo lee algo que escribió hace 150 años, y un titular de un diario neoyorquino de estos días sobre la concentración de los grupos económicos, que dice lo que él anunciaba, y cuestiona “después dicen que estoy muerto”. Es muy divertida más allá de las ideas que uno tenga.

 

- ¿Algun otra?

“A través del Espejo!” de Lewis Carroll, especie de continuación de “Alicia en el país de las maravillas”, es el libro que más disfruté traducir y me parece clave en la historia de la literatura contemporánea: la idea de que, si uno atraviesa el espejo, del otro lado está “el mundo del revés” es en sí misma una definición de lo literario y hasta de lo artístico; hacer arte es utilizar materiales de uso humano cotidiano, las palabras y el lenguaje en el caso de la literatura, de una manera que les da relieve propio, una vida distinta. Para niños de todas las edades. Y un hermoso desafío para la traducción. Me enamoré de Lewis Carroll traduciéndolo.

 

- ¿Y un libro de poemas infantiles?

Se llama “El fantasma con asma”, publicado por  Ediciones del Naranjo, ilustrado por una chica a quien no conozco personalmente pero que es un crack. Está escrito para que se diviertan los chicos, son poemas que escribí hace unos 12 años cuando Jorgelina, mi mujer, trabajaba de maestra de grado de inglés y su hijo Francisco tenía 8, 9, 10 años (ahora tiene 21). La editorial seleccionó cuatro de las tantas historias que había escrito. Son historias de monstruos y seres fantásticos venidos a menos: El fantasma con asma, El dragón apagado, al que no le sale fuego.

 

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