Por el Dr. Héctor Ulises Napolitano

 

La palabra nacionalismo que denota amor y defensa a la patria, tiene históricamente mala fama, debido a que fue usada por movimientos y corrientes políticas de corte totalitario, racista y xenófobo, como el nacional socialismo alemán y el fascismo italiano.

Cuando alguien dice que es nacionalista generalmente al escucharlo se recuerda y se lo enrola con tales tendencias de extrema derecha o con sectas secretas como lo fue, entre otras, la masonería.

Sin embargo, yo lo defino como ”el sentimiento que nace de la nacionalidad en la ciudadanía de una determinada región o país, que puede ser independiente, pero también no serlo, pues el nacionalismo es natural de los pueblos que luchan por su soberanía”.

Los términos nacionalidad y ciudadanía en el caso son equivalentes, pues ambos refieren a quienes son naturales de una nación.

La palabra nación por su parte no debe confundirse con la de estado, pues puede existir una nación sin estado, como fue el caso de los judíos antes de establecerse el Estado de Israel.

El nacionalismo como concepción política surge a mediados del siglo XIX hasta principios del XX, con la aparición de naciones estados y nuevos países que dieron lugar a una reforma de las fronteras en Europa.

Se dice hoy que el concepto de nación estado ha desaparecido debido a que la globalización imperante ha creado un mundo sin fronteras. Sin embargo los países desarrollados son los más celosos en cuidar sus fronteras para evitar el ingreso de migrantes ilegales que buscan refugio en ellos al emigrar de sus patrias por causas generalmente de hambruna, indigencia, pobreza y desocupación.

Nuestro país no tiene mayormente esos problemas, debido en parte a su histórico y tradicional espíritu cosmopolita, y fundamentalmente a la   gran extensión territorial en relación a su población. Sin embargo, lo tiene paradójicamente con minorías de argentinos aborígenes, a los cuales si bien la Constitución de 1994 les reconoce en su étnica y cultura la preexistencia como pueblos originarios y les garantiza los derechos que tienen por su condición de tales, en los hechos no se los trata de manera igualitaria al resto de los ciudadanos argentinos, e incluso con relación a los extranjeros que habitan en nuestro país, lo que constituye, en mi opinión, una segregación.

Es decir, lo que la nacionalidad en teoría une a los pueblos por razones territoriales, históricas y culturales, los gobiernos lo desunen llevando a cabo políticas que no incluyen a las minorías autóctonas, lo que echa por tierra toda idea de nacionalismo plurinacional.

El racismo y la xenofobia, y en nuestro caso más el soslayo y olvido de nuestro origen indigenista, han deformado y tergiversado la genuina y hasta simpática idea de nacionalismo.

Hay quienes dicen con orgullo serlo, porque entienden que el sentimiento nacional de patria se asemeja mucho al que cada uno tiene respecto a su madre, y otros que lo utilizan en sus propios intereses tratando como parias a connacionales, como en el caso a los pueblos originarios. En Méjico por ejemplo gracias al Ejército de Liberación Nacional Zapatista los indígenas conservan sus tierras. En Bolivia, comenzó su reconocimiento y digno trato desde que Evo Morales asumió la presidencia. En Perú con el triunfo de Pedro Castillo pareciera vislumbrase, y en Chile con el plurinacionalismo en la nueva reforma constitucional que intenta hacer, teniendo a una mapuche como presidente de la Convención Constituyente.

En la Argentina, el último gobierno consideraba a los mapuches argentinos como chilenos, y lo que es peor como subversivos porque reclamaban por las tierras que les pertenecen.

Pero lo que ha colmado la medida de mi tolerancia como argentino y nacionalista con ”c” de ciudadano, es escuchar calificar a nuestro país por parte de una oposición política fuera de sus cabales y de cierto periodismo antinacional de “argenzuela”.

Dicho término ofende nuestra identidad nacional, y lo hace también respecto a una nación hermana como Venezuela, con la cual más allá de los coyunturales gobiernos de Alberto Fernández y Nicolás Maduro, nos une la historia en común de nuestras luchas por la independencia a través de San Martín y Bolívar, próceres cuyas memorias se hallan salpicadas por dicho dislate.

“Nuestra falta de nacionalismo no se debe a que de inmigrantes descendemos, sino a argentinos que no parecen serlo, como periodistas de importantes medios y políticos que lamentablemente en algunas ocasiones son gobierno”.

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