Por el Dr. Héctor Ulises Napolitano

 

La masculinidad y el machismo son dos cosas diferentes. La masculinidad está relacionada con la natural genitalidad que tiene el hombre, pero también con una personalidad que afirma el ser masculino, lo que nada tiene que ver con el machismo, al cual se me ocurre definirlo como “una idea distorsionada de la masculinidad”.

Ambos conceptos suelen ser confundidos al ser asimilados, a veces por el hombre y también en algunos casos por la mujer, en épocas pasadas, donde se hablaba del hombre como el sexo fuerte y de la mujer como el sexo débil, diferenciación que con el tiempo se fue dejando de hacer y mencionar ante la demostración por parte de la mujer de poder realizar actividades pesadas que antes solo realizaba el hombre.

En tal sentido, la mujer comenzó a ocupar puestos de trabajo, en igualdad de condiciones, como operaria en fábricas, luego como taxista e incluso de barrendera, no siendo hoy ya una novedad que la mujer realice cualquier tarea .Tiene una participación incluso hoy igualitaria en materia política, cosa que es muy auspiciosa , ya que soy de opinión que lo único que diferencia al hombre de la mujer y viceversa, es el sexo y algunos rasgos físicos, pues en lo demás son semejantes en todo, respecto a capacidades y aptitudes.

El machismo como lo he señalado es una idea distorsionada de la masculinidad, pues no es una personalidad que la afirma, sino que la exacerba con actitudes tales como la soberbia, el autoritarismo, la discriminación, el abuso y la violencia.

Antes del siglo XX, la mujer naturalizaba tal idea del hombre, incluso en la Argentina a principios de dicho siglo. El ejemplo más demostrativo de lo que menciono es el tango, cuyas letras por entonces hablan de hombres que no solo discriminaban, sino que humillaban a las mujeres con tal desenfado e impunidad. La idea de “ser macho”, viene desde allí, como “el tango es macho”, “los hombres no deben llorar”, “llorar como una mujer”. El hombre sinónimo de macho y la mujer peyorativamente

de mina, y cuando entrada en edad, calificada de “cascajo viejo”, por el hombre, que a esa misma edad se lo consideraba con respeto de experimentado, con historia, trayectoria, carpeta.

Con esa lamentable idea machista muchas generaciones de argentinos se criaron, e incluso inculcada por la propia madre que quería ver en su hijo varón a un macho como sinónimo de hombre cabal, guapo y fuerte, que impusiera respeto y autoridad. De allí nació la calificación para el hombre de “jefe de la casa”, y para la mujer de “ama de casa”, es decir que alguien que mandaba y ordenaba y de quien obedecía y servía.

Cuántas veces oí decir de una mujer “¡hacelo vos que sos hombre!”

A la generación de que formo parte le cuesta en la actualidad adaptarse a una nueva realidad, que para nada se condice con las ideas que desde niño nos inculcaron, en especial de que todo debe girar en torno al hombre en una familia, por ejemplo, ser el único sostén o ganar más que la mujer.

En verdad, la autonomía es la mejor manera de lograr una igualdad del hombre y la mujer, tanto en derechos como a la hora de tomar decisiones. Es decir, partir de la autonomía de ambos, con la idea de que cada uno se respete mutuamente. Hablo de autonomía y no de independencia, pues la primera puede llevar a que se tome una decisión conjunta, mientras la segunda conduce siempre a hacerlo por separado, lo que incentiva al individualismo, cosa que es negativa en una pareja, en un grupo social o equipo de trabajo.

Volviendo al machismo, lo considero nefasto y anticuado, pero también no comulgo con el feminismo cuando es exacerbado e incurre en los mismos errores del machismo que pretende censurar y superar. La cuestión no es de primacía, sino de igualdad.

Respecto a la masculinidad como personalidad, es una decisión propia y libre de cada hombre, por lo que se debe respetar o al menos tolerar a quienes no la eligen ni se identifican con ella, pues la homosexualidad ha dejado de ser un tabú, cosa que está bien, aunque discrepo con aquellos que sostienen que es un orgullo, no en términos de autoestima, pero sí en cuanto a pretender exaltarla como una virtud.

La auténtica masculinidad respecto a la personalidad es contraria al machismo, pues precisamente se manifiesta en los hombres que respetan y consideran a las mujeres, siendo galantes con ellas, cordiales y caballeros.

Como contrasentido, por una parte se condena al machismo, pero por otra, el hombre actual en su mayoría ha dejado de ser caballero con la mujer, cosa que ocurría en tiempos en que el machismo primaba, lo que es una paradoja. Por ejemplo, ceder el paso o el asiento a la mujer, destacar su belleza o gracia con algún piropo agradable y bien intencionado, etc.

Lo ideal “masculinidad sin machismo; feminismo sin revanchismo”.

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