Por el Dr. Héctor Ulises Napolitano

 

Hace mucho quería hacer una nota sobre este tema, que postergué en virtud de otras urgencias respecto a situaciones en que vive este país, como lo son los problemas de índole socio-económicos, tales como la inflación, el desempleo, la pobreza, etc.

Pero surge de manera inminente, ante los acontecimientos que son de público conocimiento.

Legalmente la violencia es un acto ilegítimo, es decir ilícito, salvo que se emplee en defensa de la vida de una persona o de terceros, de los bienes propios o ajenos y ante un estado de necesidad cuando se hace un daño menor para evitar otro mayor. También en el caso de resistencia a la opresión.

Para el derecho, hay dos tipos de violencia, la material, que consiste en una agresión de contacto, ya a través del uso de armas o de miembros del cuerpo (manos, puños, pies, torso, etc.), y la moral, que algunos llaman verbal si se la hace con palabras, pero también con actitudes que provocan daños psíquicos, tal como es el caso de las amenazas, las discriminaciones y humillaciones.

Desde hace mucho los psicólogos vienen diciendo que vivimos en una sociedad de enajenados, desde Freud pasando por Erich Fromm, entre otros. En Argentina, el grado de perversidad, paranoia, fanatismo y maniqueísmo son sus manifestaciones, no solo en materia delictiva, sino en cuanto a la llamada violencia política, que a veces también es institucional.

El advenimiento de la democracia parecía ser una bisagra con respecto a la violencia que antes había vivido este país, con un comienzo auspicioso de unión de todos los sectores políticos y sociales en defensa de ella y en contra de toda forma de ejercicio ilegítimo de la fuerza, incluso condenándose el agravio y la diatriba en materia política.

En los últimos tiempos la violencia ha crecido mucho en la sociedad. Basta con mirar diariamente noticieros para advertir que la mayor parte de la información la ocupan episodios de violencia (homicidios, femicidios, abusos sexuales, riñas en patota, etc.).

Se la adjudica a varios factores entre los que se señalan problemas socio- económicos, trastornos emocionales y de la conducta, adicciones al alcohol y las drogas, barras bravas, etc. Aunque es muy cierta la frase que dice “la violencia de los de arriba genera la violencia de los de abajo”.

Lo antes enumerado serían las consecuencias de un descreimiento generalizado a la ley que no se aplica, a una autoridad éticamente sospechada o desquiciada y a una justicia parcial y propensa a la impunidad.

Además, la llamada grieta política ha dividido a la sociedad, instando en algunos casos a actos de violencia, justificándola en el derecho a la protesta y a movilizarse, y al de expresar libremente a través de la prensa ideas y opiniones sin censura previa.

No solo son culpables y responsables de ella quienes la ejecutan, sino también aquellos que la instigan.

En el caso, los políticos que apelan a la descalificación, el agravio y la difamación, y los medios de comunicación que se hacen eco de eso y toman partido, especialmente los llamados hegemónicos, que son los que masivamente más llegan con sus informaciones y comentarios.

Siempre existió una prensa a favor y en contra de los gobiernos. Pero lo que ha involucionado en ya casi cuarenta años de democracia es la clase política.

Antes se dialogaba y acordaba, hoy se cruzan improperios. Una cosa es el disenso por diferencias de pensamientos y proyectos que se deben resolver debatiéndolos, y otras son los que pretenden imponerlos diciendo “ellos o nosotros”.

“Los sectarios y violentos se olvidan que en medio de su odio ambicioso de poder, hay un pueblo que los mira, que al momento de votar generalmente no se inclina por la soberbia, la prepotencia y la altanería, sino por quienes les inspiran tranquilidad e interpretan mejor sus expectativas”.

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