carta lectores-24-10-2014

 

Por el Dr. Héctor Ulises Napolitano.

Esta cultura es la que nos inculcaron nuestros padres. De allí que a muchas personas grandes se los escucha decir ¡yo trabajé desde los 9 o 10 años!. La inmigración trajo esa cultura que no sólo se la transmitían a sus hijos, sino que ellos demostraban con su ejemplo tenerla trabajando de sol a sol en el campo o en diferentes oficios en las ciudades. Había que “producir lo que se consumía”, como bien lo decía y aconsejaba el General Perón. Los inmigrantes al llegar a este país vinieron con una mano atrás y otra adelante, es decir sin nada. Sin medios, recursos y trabajo, por lo que con su ingenio y ganas los crearon para poder subsistir en un país para ellos desconocidos. Unos optaron por dedicarse a cultivar la tierra, otros al comercio y al ejercicio y práctica de oficios artesanales, pero todos imbuidos por una misma idea y común denominador “la cultura del trabajo”.

Recuerdo que un día le manifesté a mi padre mi deseo de dejar el colegio, mi padre me preguntó el ¿por qué?, de mi decisión, contestándole ¡porque no me gusta estudiar!, a lo que mi padre me respondió de modo determinante y concluyente, ¡sino querés estudiar vas a tener que trabajar, porque yo en mi casa no quiero vagos!, lo que me llevó a optar por estudiar, pues consideré que era la elección más conveniente para mi presente pero también para mi futuro. Y así lo hice, estando hoy satisfecho de haber seguido ese camino.

Muchos chicos de mi edad, que no quisieron o no pudieron estudiar, se emplearon por ejemplo en una panadería y aprendieron el oficio de panadero, teniendo hoy algunos su propia panadería, otros entraron de aprendices en una carpintería, taller mecánico, bicicletería, como cadetes repartidores en comercios o haciendo por la suyas mandados o trabajando de peón de albañiles, pintores, etc. Ninguno de ellos salió ladrón.

Por entonces daba gusto ver como el abuelo, el hijo, el nieto eran herederos de un oficio, de familias enteras que se caracterizaban por ejercer un mismo oficio o de aquellas que trabajaban en diversos oficios.

Una gran mayoría y más descendientes de inmigrantes se dedicaban a ocupaciones liberales, es decir que trabajaban independientemente, abriendo comercios propios, talleres, dedicándose a la albañilería, mecánica, carpintería, electricidad, etc. Las mujeres a la costura, al tejido, al trabajo en domicilio por tanto, etc.

Pero además de la cultura del trabajo, se inculcaba que nada se lograba sin hacer esfuerzo para conseguirlo, o sea en una palabra trabajando. Eso se enseñaba en el hogar y en la escuela a través de ejemplos y modelos que partían desde los propios padres y maestros hasta los que hicieron nuestros próceres para lograr la libertad e independencia de este país. Pero con el correr de los años esos valores se fueron olvidando y dejando de lado en la enseñanza de los niños, tanto en el hogar como en la escuela, confabulándose también para ello el avance de la tecnología y del confort, que lejos de inculcar el esfuerzo lo minimizaron de tal manera que apareció lo que se llamó ”la  ley del menor esfuerzo”, es decir hacer y lograr cosas utilizando el mínimo esfuerzo, llegando a lo que es hoy ”el facilismo”, es decir de que se puede ganar dinero fácil.

Así aparecieron primero los ñoquis en el Congreso, luego los planes trabajar donde se cobra sin trabajar. Los subsidios y la ayuda social sin exigencia de contraprestación alguna, ni siquiera de trabajo comunitario. La otra aumentar hasta el sobredimensionamiento la plantilla de empleados públicos por razones de interés y conveniencia política de los gobiernos de turno, que aun que prometen no hacerlo, lo siguen haciendo. Los que no quieren estudiar o ejercer por su cuenta una actividad u oficio entrar en las fuerzas de seguridad, aunque no les guste, pero con el solo fin de lograr estabilidad y más que todo seguridad laboral y social fomentado todo ello por los gobiernos con la excusa de que hay que dar empleo ante la carencia e inestabilidad ocupacional en el sector privado. En todos estos casos enunciados, cabe el refrán que dice “La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer”. Es decir de los que ejercen el poder político se suma a los antes expuesto, la ausencia y carencia de quienes ejercen oficios,  muchos de ellos desaparecidos  por el auge de la tecnología, pero otros no estimulados desde los gobiernos, empecinados en crear fuentes de trabajo en el sector público y a la espera de un crecimiento industrial que lejos de producirse a disminuido notablemente por la falta de inversiones en tal sentido.

Ante tal cuadro de situación actual, excesivo sobredimensionamiento del sector público estatal que tiende más a la prescindibilidad masiva que al ingreso y del sector privado carente de inversiones y también con una tendencia a producir despidos, la única alternativa válida y posible para inculcar la cultura y la inclinación al trabajo es una fuerte apuesta a recrear oficios, siendo una franja olvidada, nada fomentada ni protegida que ha conducido a la carencia de tales tareas en el mercado y a la escasez de mano de obra en ese segmento tan necesario y demandado.

Recrear las escuelas de oficios para instruir a jóvenes y adultos en el aprendizaje y ejercicio de los mismos es el llamado en esta hora y para siempre, pues además de dar capacitación laboral brinda una salida laboral pronta, real y posible.

Esta tarea no sólo debe ser del gobierno nacional y provincial, sino fundamentalmente de los Municipios.

No sería un simple curso sino una carrera no mayor de dos años, teórica, práctica, con título habilitante y una reglamentación arancelaria digna y acorde a tales labores, que asegure una justa retribución a quien la presta y al cliente también, pues contrataría a una persona capacitada e idónea para el oficio requerido, y no como hoy ocurre que en algunos casos son aficionados improvisados.

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