por Florencia Chirizola.

 

Que la “juventud está perdida” es, al menos para la mayoría, una frase que se escucha frecuentemente. Pero, ¿a qué nos referimos cuando decimos que está “perdida”? ¿Diríamos, quizás, que ha perdido el rumbo? ¿O podríamos pensar que se atreve a cuestionar el presente con el objetivo de cambiar el futuro que nos acecha? Si optamos por esta opción, entonces podríamos decir que no ha perdido el rumbo, sino que elige uno distinto.

Con estas palabras, invito a posicionarnos desde una perspectiva crítica en relación a aquellos discursos que se oyen en la cotidianidad y a veces -me atrevo a hipotetizar- como una reproducción de lo oído sin el cuestionamiento necesario. Por lo tanto, este artículo lejos está de significar una respuesta cerrada a la pregunta planteada, sino que justamente se sostiene en la invitación a re -pensar los discursos instituidos.

Hablamos de juventudes -y no de juventud- como un modo de visibilizar las diversas formas de constituirnos sujetos, y por consiguiente, cuestionando aquellos universales que imponen un único modo “correcto” de estar, ser y habitar el mundo. En este sentido, podemos decir que nos encontramos con diversos modos de “ser joven”, singularidades que se inscriben en una coyuntura socio histórica particular, donde prevalece la caída de las instituciones que durante años han sido portadoras de saber -y poder- inapelable. A continuación, analizaremos solo algunos sucesos para poder reflexionar sobre la pregunta inicial.

Por un lado, actualmente asistimos a uno de los mayores movimientos respecto al cuidado del medioambiente, su importancia y su urgencia. Ya no se escuchan discursos como “si no cuidamos el planeta, dentro de 30 años (…)”; sino que los jóvenes sostienen que el cambio es ahora, y en función de ello se informan, capacitan, organizan, comprometen y trabajan. Quizás lo que más incomoda es que ahora, como nunca antes, se nos cuestionan hábitos de consumo arraigados durante años de modo casi indiscutible.

Desde otra perspectiva, nos encontramos atravesando un momento histórico respecto a las luchas por los derechos de las mujeres y diversidades. Lo que durante años se mantuvo en el ámbito privado, hoy es asunto público. La violencia machista termina con una vida cada 29 horas y las mujeres no se callan más. El derecho a la educación, a decidir y a un trato igualitario para todos y todas es parte de la agenda pública, pero no sin haber atravesado innumerables luchas para que estos debates se den en lo cotidiano.

Podríamos seguir nombrando diversas luchas cuyas banderas son enarboladas por las nuevas generaciones. Quizás este sea sólo el comienzo y hoy alcance con decir que más allá de los diversos modos de ser joven, hay un denominador común y es la convicción de que los cambios no se consiguen sin meter “los pies en el barro”. Hay un modo de cambiar aquello que no nos parece justo y es involucrándonos.

Entonces, ¿juventudes perdidas o ganadas? Desde mi perspectiva, me propongo pensar que el mundo les pertenece a quienes luchan: por un futuro mejor, por un planeta más sano, por una sociedad más justa y por mayor ampliación de derechos para los sectores más vulnerabilizados -y no vulnerables-.

Por supuesto, lo planteado no pretende generar -aún más- polarizaciones y fragmentaciones dentro de nuestra sociedad, sino herramientas que nos permitan repensarnos como sujetos habitando el mismo espacio. Quizás sea tiempo de alejarnos de nuestra posición cómoda y abrirnos al diálogo, a construir y aprender juntos, entendiendo que la salida es colectiva y los lazos, imprescindibles.

“Probablemente, de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida misma, es la vida misma defendiéndose” Julio Cortázar.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *