Ferri

El Club Boca Juniors desarrolla diferentes actividades en el marco del aislamiento por la Pandemia del Coronavirus.

El Concurso “Mi anécdota Xeneize” llegó para hacer más amena la cuarentena de los socios vitalicios, recordar viejos momentos y, de paso, ganar algún premio. Y la respuesta de los hinchas, como de costumbre, estuvo a la altura de la historia xeneize. Cientos de anécdotas llovieron a la casilla de correo y, entre todas ellas, estas son las elegidas por la Subcomisión de Historia.

Entre las historias ganadoras, está en el tercer puesto la del dolorense Guillermo Ferri.

El sillón y el asfalto

Una tarde de mayo de 1991, viajé al club para hacer un trámite en el Departamento Interior y Exterior. Allí me encontré con el fotógrafo de dicho departamento, José Luis Alonso, quien me invitó a recorrer el club, ya que debía esperar un rato. Primero fuimos al vestuario, donde gentilmente, los utileros nos dejaron ingresar. Luego de observar las duchas, el piletón y la utilería, nos dirigimos a Presidencia.

El primer obstáculo fue persuadir a la secretaria de Antonio Alegre para que nos permitiera pasar. Luego de un par de minutos, ya estábamos en el salón de reuniones de la Comisión Directiva. Una mesa grande donde debajo del vidrio que la cubría, estaban los nombres indicando el lugar que ocupaba cada integrante de Comisión Directiva. Las paredes estaban decoradas con las copas obtenidas hasta ese momento. Alonso me señala una puerta y me dice: “Ahí está el despacho de Alegre, vamos a pasar”, mi respuesta fue instantánea: “Estás loco, ¿y si viene?”. Obteniendo como respuesta: “Nooo, hasta después de las 17 hs. no llega nunca”.

Allí me encontré con el escritorio, el sillón presidencial, y más copas y cuadros como decoración. El sillón era muy seductor. Mientras observaba, mi mente me decía: “Guillermo ahí estuvo sentado Alberto Armando y tantos otros Ilustres que hicieron grande al club de tus amores. Fue tan tentador, que giré y en un descuido… Me senté. Me sentía presidente.

Pasaron 5 minutos, y escuchamos un murmullo. No tuvimos tiempo de nada, al levantar la vista, me sorprende la cara de Don Antonio, que vaya a saber el motivo, ese día había llegado más temprano al club. Por supuesto que fue automático el levantarme del sillón: “Nooo, quedate sentado ahí, que yo me siento de este lado”, fue lo que mis oídos oyeron de la boca de Don Antonio. Nos quedamos conversando durante 15 o 20 minutos, suficientes para comentarle el motivo de mi viaje, las inquietudes de la peña –en esa época, yo era el presidente- y que era de Dolores. En ese momento me cuenta que por Dolores tenía un cariño muy especial, ya que a principios de los años 70, su empresa –Alegre Construcciones- había hecho 100 cuadras de pavimento. Me ubiqué en el tiempo, apelando a mi memoria, y le respondí: “Don Antonio, entre esas 100 cuadras, una era donde tiene la carpintería mi padre”. Mayor fue su sorpresa y quiso saber (claro habían pasado 20 años) como estaba el asfalto, si se había roto. Está excelente, fue mi respuesta.

Desde aquella tarde, me llamaba por teléfono, al menos de una vez por mes, para saludarme, preguntarme por mi familia y… por las condiciones en las que se encontraba el asfalto. Pasaron casi 30 años de aquella tarde de 1991, donde yo me sentí presidente por 5 minutos. Don Antonio ya nos dejó. Y la carpintería de mi papá hoy es un galpón de mi propiedad.

Ah, don Antonio, si me está escuchando desde algún lugar, le cuento: el asfalto, salvo alguna pequeña reparación en un sector, después de 50 años continúa intacto.

Deja un comentario