Como parte de las entregas habituales de la SADE filial Dolores destinadas a los socios y a la comunidad durante el período de cuarentena, hemos escogido hoy, un cuento de Claudia Espinosa, integrante de la SADE filial Chascomús. El texto resultó ganador en el Concurso literario con perspectiva de edad organizado por el Programa Adultos Mayores de la Secretaría   de Extensión Universitaria (Universidad Nacional de Córdoba) y Nuvia Ediciones.

 

Domingo

Bajá la lámpara amor

bajá la lámpara.

En sonrisa te oigo decir:

Yo soy tu hombre

sé que mi desnudez

es ansia y gozo.

Sé que mi cuerpo

ha envejecido, amor,

Bajá la lámpara.

Nora Perotta 1

Tenía por tercera vez la sensación de que Antonia pasaría el escobillón por el mismo lugar. La dejé que fuera y viniera bamboleando la falda y sacudiendo los muebles. Las nalgas le habían crecido tanto…

Ella, como todos los fines de semana en que nos visitaban nuestros hijos, se empeñaba en lustrar lo lustrado y barrer lo barrido. Por eso yo sabía que el escobillón volvería a pasar por el mismo lugar una y otra vez.

Sentado en el sillón de hierro del patio apoyé el diario en la mesita de mármol, comparé nuestras anatomías y deduje: “A los hombres no les crecen las caderas, les crecen las barrigas”. Me pasé la mano por el vientre. Lo noté hinchado y tirante como si fuera a romperse la pared de piel que contenía mis vísceras.

Antonia se había agachado todo lo que podía para pasar el paciente escobillón debajo del aparador cargado de copas y copitas: las de su madre, las de mi tía, las nuestras. Cientos de recipientes cristalinos que nunca habíamos usado. Distraído, mirando las copas me perdí el espectáculo que ofrecían las nalgas de mi esposa, quien ya se dirigía con la gamuza en la mano a repasar los adornos de porcelana abandonados sobre la mesa ratona.

Le dije:

—Antonia, te quedaron pelusas.

—¿Adónde?

—Ahí, debajo del aparador.

—No seas pavo. ¿Cuándo te fijaste en las pelusas vos?

—Y… hoy me dieron ganas.

—A ver, a ver decime adónde—dijo.

—Ahí, justo atrás de las patas.

—¿Por acá?—preguntó mientras empezaba a agacharse.

—Más atrás—le dije ansioso.

Por fin su postura me transformaba en un hombre más feliz.

—Más para acá—insistí.

Ella movía su cuerpo. Con todos sus años su osamenta, que mantenía su agilidad como el primer día que subimos por las escalinatas de la plaza de San Isidro para besarnos frente a la iglesia, me invitaba a tomarla por asalto.

—Por ahí, por ahí—repetía yo, mientras renunciaba al sillón e invadía el living evitando arrastrar los pies.

Cuando estuve detrás de su cuerpo le di una palmada en la nalga derecha.

—¿Qué hacés?—dijo ella soltando el escobillón que quedó trabado entre las patas del mueble.

No la dejé enderezarse, le apoyé mi panza contra su carnoso trasero y la empujé hacia la puerta que protegía las copas. Antonia, lejos de resistirse, soltó la gamuza que le había quedado colgando del pulgar derecho y bajó su cuerpo un poco más para que mi pene la rozara. No era fácil esquivar mi monumental barriga y llegar a mi sexo; sin embargo ella se las arregló. Las copas empezaron a tintinear acompañando el jadeo que emitía Antonia y en la cocina, el andar burbujeante del agua, hizo volar la tapa de la ollaen el preciso instante en que ella, liberada de mi amorosa presión, giraba para acariciarme poco a poco.

Comprendí que esa lentitud con la que nos tocábamos y esa serenidad con la que yo la dejaba hacer, eran incomparables con la velocidad de los años idos. Ahora teníamos tiempo, lo necesitábamos para amarnos más despacio, para gozar de nuestras humanidades nuevas, distintas, deseadas.

Le desprendí el batón de los domingos, mientras Antonia me despojaba de la gorra, revolviendo los pocos pelos que, atravesados, disimulaban la pelada. Mis dedos se atoraban en los ojales, pero ella exhibía su paciencia. Semidesnuda, con la certeza de que sus atributos, instruidos por la madurez harían estallar mi hombría, me sacó el chaleco erizando mis cejas crecidas y desparejas. Levanté la camiseta recién estrenada y ella descargó sus labios en mi ombligo.

El frío y el calor iban y venían entre los cuerpos, viajaban por sus orejas, mis manos, sus hombros, mi cara, sus pechos, mi boca. Nos habíamos alejado del aparador el espacio suficiente para que se callaran los cristales.

En la cocina, la olla ya no cantaba pero nosotros sí.

El reloj del comedor dijo las doce, y los dos, arrastrando la ropa entramos al dormitorio.

Mientras ella deshizo la cama yo cerré todas las persianas. Encendí el velador solo para mirarla y enamorarme otra vez.

El timbre sonaba insistente y los nietos corrían por la vereda.

—Bajá la lámpara—dijo ella.

Yo obedecí.

Claudia Espinosa

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