Rescatando de la historia acontecimientos y personas que han dejado su sello en ella, y me son al sentimiento de quienes recuerdo y comparto apellidos de ambas partes; y me sucede que haciendo lectura de una traducción de Carlos de Aldao, sobre las cartas de los hermanos Robertson: “La Argentina de los primeros años de la Revolución, para la Biblioteca de la Nación”, fechadas en 1838 en Londres.

Dice de Juan Parish Robertson, aquel muchacho de 14 años, seducido por noticias llegadas a Inglaterra en 1806, país conquistado por el general Beresford, se embarca con destino a Buenos Aires, pero cuando llega se entera que Beresford y su ejército estaba prisionero, y tuvo que regresar a Inglaterra.

Robertson luego viene a Brasil con ganas de establecerse, no le gusta el clima y la esclavitud, y en 1809 se vino para encaminarse al Paraguay, su hermano Guillermo se le une en 1814, desde donde está el tema de las cartas traducidas.

Dice: “Después de permanecer un mes en Buenos Aires y hacer arreglos allí para extender mis operaciones comerciales en el Paraguay, preparé el regreso a aquel país”… “Bien temprano del día señalado para la partida se saco el vehículo, que tenía toda la apariencia de un toldo de indios movibles. Era un armatoste español de alto techo y antigua forma, cubierto con cuero crudo, excepto en las dos ventanillas”… “Los cuarteadores chapuzaban en el barro, luego seguía la segunda yunta y, cuando las dos salían del pantano y, en consecuencia, se hallaban sobre terreno firme, antes que el carruaje entrase al tremedal, habían ganado en donde apoyarse para aprovechar las fuerzas”… “De esta manera cruzamos con éxito todos los pantanos, ciénagas y arroyos”… “Por la tarde del quinto día llegamos a la Posta de San Lorenzo, distante como dos leguas del convento del mismo nombre, construido sobre las riberas del Paraná”…

Allí en la posta: “hice mi ajuste de cuentas con el maestro de postas…me retiré al carruaje… para pasar la noche, y pronto me dormí”… No habían corrido muchas horas cuando desperté de mi profundo sueño a causa del tropel de caballos, ruido de sables y rudas voces de mando a inmediaciones de la posta. Vi confusamente en las tinieblas de la noche los tostados semblantes de dos arrogantes soldados en cada ventanilla del coche”… “No dudé que estaba en manos de los marinos. ¿Quién está ahí? Dijo autoritariamente uno de ellos. “Un viajero”, contesté, no queriendo señalarme inmediatamente como víctima por confesar que era inglés.

“Apúrese, dijo la misma voz, “y salga”. En ese momento se acercó a la ventanilla una persona cuyas facciones no podía distinguir en lo oscuro, pero cuya voz estaba seguro de conocer, cuando dijo a los hombres: “No sean groseros; no es enemigo, sino, según el maestro de posta me informa, un caballero inglés en viaje al Paraguay”… “Seguramente usted es el Coronel San Martín, y, si es así, aquí está su amigo míster Robertson”… El reconocimiento fue instantáneo, mutuo y cordial…

“Dijo estar seguro de que los marinos no conocían su proximidad y que dentro de pocas horas esperaba entrar en contacto con ellos”…, empecé con mi sirviente a buscar a tientas, vino con que refrescar a mi muy bienvenidos huéspedes”…

“No tuve dificultad en persuadir al general que me permitiera acompañarlo hasta el convento. “Recuerdo solamente”, dijo, “que no es su deber ni su oficio pelear. Le daré un buen caballo y si ve que el día se pronuncia contra nosotros, aléjese lo más ligero posible. Usted sabe que los marineros no son de acaballo” A este consejo prometí sujetarme y, aceptando su delicada oferta de un caballo excelente y estigué al costado de San Martín cuando marchó al frente de sus hombres, en oscura y silenciosa falange”…

Nos sigue contando, que al despertar la aurora, por una tranquera opuesta al río, llegaron al convento de San Lorenzo, (agrego yo, de San Carlos Borromeo), allí ocultos, los tres lados del lugar eran visibles, que se veían desiertos. Ventanas cerradas, los monjes aterrorizados habían abandonado pocos días antes, se suponía, ellos esperando como los griegos en Troya.

El portón se cerró para que nadie pudiera ver de afuera “El coronel San Martín, acompañado por dos o tres de sus oficiales y por mí, ascendió a la torrecilla del convento y con la ayuda de un anteojo de noche y a través de una ventana trasera trató de darse cuenta de la fuerza y movimientos del enemigo”, …

Se veía que tenían intención de desembarcar, cuando aclaraba comenzaron a subir a los botes de los siete barcos, pudieron contar alrededor de 320 marinos en la barranca para llegarse al convento, se los veía desprevenidos, entonces San Martín y sus oficiales bajaron de la torrecilla y se preparan para el choque tomando sus puestos en el patio de abajo.

“San Martín volvió a subir a la torre y deteniéndose apenas un momento, volvió a bajar corriendo, después de decirme: “Ahora, en dos minutos más estaremos sobre ellos, sable en mano”. Fue un momento de intensa ansiedad para mí. San Martín había ordenado a sus hombres no disparar un tiro”. …

El enemigo no estaba más de 100 yardas, que son 91,44 metros, flameaba su bandera alegremente, tambores y pitos redoblaban, cuando los dos escuadrones desembocaron por atrás del convento y franqueándolos con las dos alas comenzaron sus brillantes sables la matanza instantánea y espantosa, dice: “Las tropas de San Martín recibieron una descarga solamente, pero desatinada, del enemigo; porque, cerca de él como estaba la caballería, sólo cinco hombres cayeron en la embestida a los marinos. Todo lo demás fue derrota, estrago y espanto entre aquel desdichado cuerpo. La persecución, la matanza, el triunfo, siguieron al asalto de las tropas de Buenos Aires. La batalla, aun para un ojo inexperto como el mío, no estuvo indecisa durante tres minutos. La carga de los dos escuadrones instantáneamente rompió las filas enemigas y desde aquel momento los fulgurantes sables hicieron su obra de muerte tan rápidamente, que en un cuarto de hora el terreno estaba cubierto de muertos y heridos.”

Los españoles huyeron hasta el borde de la barranca, y al verse perseguidos por una docena de granaderos, se precipitaron barranca abajo y fueron aplastados en la caída. En vano pedirles que se rindieran y se salvarían. Del susto y sin razón, saltaron, se fueron al otro lado del mundo, alimento para las aves de rapiña. De todos del desembarco, volvieron unos cincuenta, nos dice, San Martín perdió ocho de sus hombres. Abandonó el campo de batalla, saludó al Coronel San Martín, rogó dando su vino y provisiones en obsequio a los heridos, con gran admiración, se había despejado el camino al Paraguay y los marinos no volvieron por el Paraná.

“Habiendo ya entrado en detalles completos tanto sobre Santa Fe, la Bajada, Goya, Corrientes, Estancias, etc., etc., como acerca del viaje entre la primera y la Asunción, diré solamente que una vez más llegué a aquella capital, un mes después de la Batalla de San Lorenzo.” (J. P. R.).

Este relato, que nos da una visión de lo acontecido en ese memorable bautismo de fuego de nuestros Granaderos a Caballo, al mando del Padre de la Patria, el General José Francisco de San Martín y Matorras, Libertador de Argentina, Chile y Perú.

Noé Zenón Suárez Casielles

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