Nadie tiene que hablarnos al despertar. Ni bien abrimos los ojos, todavía seguimos conversando con gente que tal vez no existe en situaciones que tal vez nunca vuelvan a repetirse; estamos en otro plano que no entendemos bien y sin embargo disfrutamos. Ese momento glorioso de conciencia se transforma, en crueles segundos, en el cotidiano de nuestra casa, el techo con humedad, el calefón que tarda en calentarse, la radio del vecino y el periodista que cuenta las peores noticias ya desde temprano. ¿Por qué sumarle a este atropello la voz humana de alguien que nos cuenta cuál número salió en la quiniela, quien se embriagó en el baile pasado o qué comida va a preparar cada pariente para navidad?

Quise compartir esta reflexión porque el día de ayer, al despertar temprano en este hermoso pueblo, me obligaron a reemplazar el silencio maravilloso (que en realidad no es tal, sino el sonido suave de las hojas al moverse y los pajaritos cantando) por cuestiones ligadas a la burocracia de los juzgados, Afip y la variante Omicron. No me interesaba ninguno de esos temas. Debí asentir callado mientras el mate amargo, compañero sabio y fiel, parecía decirme: “usted tómeme y aguante”.

Así que si usted convive con alguien, o anda por emergencia en un hogar amigo, hágame caso y siga este consejo: regale silencio, hasta que la realidad sea un hecho y la otra persona esté bien despierta como para afrontar el día y salir a la calle a ganarse la moneda. Puede ser el mejor regalo hacia un ser querido.

Cristóbal Gamarra

gamarra.cristobal.jesusvendra@gmail.com

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