Mendoza

Había nacido el 25 de mayo de 1939 en Dolores. A los tres años llegó al hogar de los esposos Delia Irusta y Vladimiro José Morello, quien ejercía el oficio de herrero, llegando a diseñar un modelo de molino de menor tamaño que el conocido, que extraía mucho más agua.

En ese entorno familiar, cursó sus estudios primarios en la Escuela Normal, para luego cursar el ciclo secundario en el Colegio Nacional, donde en quinto año fue elegido abanderado.

Decidido a estudiar medicina se trasladó a la ciudad de La Plata, para cursar y terminar su carrera como doctor en Medicina, en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de La Plata.

En cuarto y quinto año de la carrera, realizaba guardias en los hospitales General Rodríguez y Melchor Romero, habiendo obtenido por concurso, una Ayudantía en la Facultad de Medicina.

Sin descuidar sus estudios y ya que su padre le había regalado un Fiat 600, algunos fines de semana corría carreras de regularidad, iniciando por esa época su afición a las carreras de autos.

Graduado de médico, volvió a Dolores y comenzó a trabajar en el Sanatorio Dolores, invitado por quien a la postre resultara ser su padrino profesional; el doctor Carlos Rodolfo Capiel.

Prestó servicios en el Hospital San Roque y en el Sanatorio Dolores, como anestesista, su especialidad por entonces, junto a los doctores Rípodas, Polini y Capiel.

De su primer matrimonio nacieron sus dos hijos: Muriel y Facundo; abogado y médico, respectivamente.

En el año 1968 abrió su primer consultorio en la calle Belgrano.

En la década del 70 impulsó, junto con otros colegas, a los que convocó, para hacer una prestación médica, carente en ese entonces, en General Conesa, concurriendo alternativamente.

Transcurrieron varios años y trasladó su consultorio al Sanatorio Dolores, nosocomio que adquirió junto a los doctores Uliana, Morello y Ranaletta.

Sin descuidar su profesión, su pasión por las carreras de autos, lo  llevó a participar de varias competencias. En una de ellas: “La vuelta de la manzana”, en la cual iba muy bien ubicado, decidió abandonar para auxiliar a un corredor que había sufrido un grave accidente. Siempre que la medicina se lo permitía, corría en autódromos de todo el país.

En el ejercicio de su profesión conoció a Analía Alvarez, con quién se casó y lo acompañó hasta sus últimos días.

Interesado por la salud pública, viajó a Estados Unidos e introdujo en Dolores el primer endoscopio, toda una novedad para la época.

Asimismo importó, personalmente, un Tomógrafo inexistente en Dolores, en los años ochenta, convocando a un profesional especialista, residente en España al efecto de su puesta en marcha. Dicho profesional aún vive en la casa que él le consiguió.

Nunca le interesó si sus pacientes tenían o no obra social. Fue generoso con todos y avaro con sí mismo.

A principios de los años ochenta lideró una extensión del Sanatorio Dolores, inaugurando un servicio de diálisis, inexistente en la época en toda la zona. En ese lugar también instaló consultorios, convocando a médicos de distintas especialidades y dándoles la oportunidad de ejercer su profesión. Luego de varios años en ese lugar, calle Castelli, se trasladó a la calle Buenos Aires. Donde hizo construir un centro moderno al cual concurren pacientes de la región, aquejados por sus problemas de riñón. Ejerció la dirección del mismo (Nefro Dolores) hasta sus últimos días.

Simultáneamente, junto con sus socios del Sanatorio Dolores, inauguraron en el Partido de la Costa, Santa Teresita, una clínica, donde, todos los días de la semana, concurrían alternativamente. Hasta llegaron a comprar un avión en Estados Unidos para trasladar a los enfermos.

Fue médico de sus amigos y amigo de los médicos. Sabía aconsejar a sus pacientes, por los que se interesaba, tanto como por sus familias. Cada persona que lo conoció cuenta una anécdota personal y manifiestan su agradecimiento. Expresando: -Me trajo al mundo-  -A mi hijo le puse el nombre Narciso- -Es mi padrino-. Nadie que atendiera le fue ajeno a este tipo de comentarios.

Fue un buen empresario: ganó mucho, pero también perdió mucho. Arriesgaba su capital con la finalidad de ayudar al prójimo de todas las maneras imaginables. Consiguió trabajo para médicos que vinieron de afuera, hasta les compró vivienda, para que luego se lo devolvieran cuando pudieran. Cuántos médicos iniciaron sus carreras en Dolores a instancias suyas. Dio a los que no le pedían. Siempre entendió que el necesitado sufre mucho al pedir.

De consiente estoicismo, se sentía conocedor de la realidad. Aceptó su destino tal como se le presentó. Nunca se quejó. Al tiempo que se realizaba duros tratamientos médicos, me contaba sus proyectos y sus ilusiones. Gozar de su amistad fue uno de los placeres de este mundo.

Fueron sus amigos Caiaia y Máximo, quienes lo entusiasmaron a correr su última carrera, acudieron a él y le ayudaron a terminarla como un verdadero campeón.

Querido Negro: ahora descansa en Paz.

Luis Augusto Raffo

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