Sin lugar a dudas que el 25 de noviembre de 1985 a los dolorenses les tocó vivir una triste y dolorosa jornada, la que muchos tienen aún grabada como un hito dentro de los avatares que ha atravesado la ciudad en su bicentenaria trayectoria.

Al promediar la tarde de ese día de intenso calor, sofocante en cuanto a su presión, se vio avanzar sobre la ciudad densas nubes negras, las que pronto se convirtieron en un vendaval que arrasaba todo a su paso, sumiendo a la ciudad en un caos de destrucción y daño.

Un amplio sector del ejido urbano sufrió los efectos de la violencia de un tornado, dejando en muchos barrios todo derruido como mudo testigo del acontecer.

Una vida se perdió en esa aciaga jornada, la del vecino Alpidio Vizcano, un herido, Arturo Gilabert, a lo que se sumaron enormes pérdidas materiales en viviendas y vehículos.

La ayuda generosa de pueblos vecinos, pero fundamentalmente los dolorenses con su propio esfuerzo, permitieron afrontar la situación e iniciar prontamente la etapa de la reconstrucción, no quedando hoy prácticamente rastros de aquél desastre -salvo en algunas fotos-, con que la naturaleza puso a prueba y mostró la solidaridad de un pueblo hermanado,

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